Comenzamos un nuevo día, martes 04 de agosto, sin madrugones, descansando un poco más de los anteriores días, saliendo del hotel sobre las 10:00 a.m para desayunar.
El tiempo parecía no acompañarnos mucho, amaneció nublado y con ganas de llover, las previsiones decían que llovería un poco a eso de las 11:00 a.m, pero manteníamos la esperanza en que no fuese así.
Fuimos a desayunar en nuestro lugar de siempre (nuestros cafés del Starbucks y nuestros dónuts de Dunkin) con las vistas más emblemáticas en Berlín, la puerta de Brandenburgo a nuestra espalda. Una vez terminamos, llamamos a un Bolt, he de decir que es uno de los medios de transporte más eficaces y recomendables a nivel precio y tiempo, nos recogería en cuatro minutos justo donde estábamos y nos llevaría a nuestro destino de hoy.
Palacio de Charlottenburg
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Llegamos a nuestro destino y efectivamente empezó a llover, gotas con muy poca intensidad pero que al final molestaban un poco. Entramos y comenzamos a inspeccionar el lugar.
Algo que nos resultó extraño fue que en todo el palacio, dos plantas enteritas con infinitas salas y tan solo nos encontramos una habitación para dormir. Lo que sí nos encontramos en cada una de las salas eran diferentes estilos de vajillas, pianos impresionantes, espejos por todos lados, lámparas de araña colgadas de los techos… y sobre todo infinitos jarrones de todos los tamaños y estilos.
La coletilla que nos decíamos uno al otro es que a la realeza de ese lugar les gustaban mucho los jarrones y debían utilizar para cada momento del día una vajilla diferente, pues tenían donde escoger.

Las coronas allí presentes era realmente increíblemente bellas. Presentaban tonos diferenciales y sobre todo mucho brillo. Las espadas de todos los estilos perfectamente colocadas y pulidas. Los techos bien pintados con diseños increíbles. No había nada fuera de lugar ni que no gustase.
En una de las salas más grandes había una vidriera enorme que dejaba ver los jardines, encantadores y acogedores. Preciosos para que muchos de los habitantes hiciesen un poco de footing mañanero (los había). El jardín disponía de su propio lago y su capilla.



Una vez acabada nuestra visita fuimos paseando 1h y media hacia el centro viendo todo a nuestro paso.
A cada paso que dábamos no paraba de llover y en un momento calló el chaparrón del siglo, dos segundos y paró… al final salió el sol y dejó que pudiésemos seguir paseando y contemplando la ciudad.

Nos acercamos hasta la catedral medio destruida por el bombardeo en la antigüedad, paseamos junto a la rotonda emblemática en la que hay un pequeño mirador.

Y después de mucho pasear decidimos ir a la otra zona de la ciudad y explorar la torre de televisión. Y si, subimos, contemplamos las hermosas vistas gracias a que el sol decidió salir y no volver a llover.
Comimos en un restaurante italiano y seguimos disfrutando un poco más del ambiente y los lugares tan hermosos que veíamos.

A cada paso que dábamos era algo nuevo que ver, algo que descubrir o cualquier cosa que aprender. Catedrales gemelas, gente tocando el violín, los barcos por el río. Se respiraba paz y al mismo tiempo tranquilidad. No había mucha aglomeración de gente por lo que caminar no resultaba complicado.
A media tarde decidimos comernos unos helados mientras decidíamos que más podíamos ver, sin agotar los recursos en un día, pues aún nos quedaba día y medio en Berlín.
Después de muchas fotos, varios lugares, inmensas charlas y muchas emociones se hizo la hora de cenar y decidimos terminar nuestro día y recuperar fuerzas. No solo se trataba de conocer también debíamos descansar.

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