El viernes 07 de agosto nos sonó la alarma a las 05:00 a.m para poder prepararnos e ir a nuestro punto de encuentro con el guía, debíamos estar allí 15 minutos antes de las 06:30 a.m. Por suerte para nosotros la noche anterior habíamos entrado en un Carrefour express 24h a comprar para desayunar y nada más llegar al hotel vimos que el punto de encuentro estaba cuatro edificios más abajo, justo enfrente de una estación de tren.
Una vez preparados, nos tomamos el primer café mañanero para intentar “despertar” algo y salimos del hotel rumbo al punto de encuentro. A nuestra llegada ya se encontraban allí unas cuantas personas esperando.
A las 06:32 a.m llegó nuestra guía con el autobús que nos llevaría en nuestro viaje, en el cual podríamos dejar las cosas no necesarias para el museo ya que habría espacios bastante reducidos. Buscaron nuestros nombres y nos dejaron entrar en el autobús, explicándonos en el trayecto un poco toda la historia del lugar y mentalizándonos de lo que íbamos a encontrar.
Eran unos 45 minutos de viaje hasta uno de los primeros puntos, por lo que el sueño jugó su papel y quedamos fritos.
Auschwitz – Birkenau:
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Nos despertó el suelo de la carretera, cubierto por adoquines nada lisos, abrimos los ojos y nos encontramos en un pueblito, para nada abandonado, todo lo contrario, con sus pequeñas tiendas de comercio, sus no muy grandes cantinas y sobre todo unas casas todas a la misma peculiar altura, digo peculiar porque ninguno de los edificios sobre salía más que otro, no encontrabas un chalet de dos plantas moderno o algún bloque de pisos no, todo era una inmensidad de casas de una planta con fachadas similares y tonos parecidos.
Bajamos del autobús preguntándonos porque no veíamos nada, el guía nos llevó hacia un recinto que ponía Museo pero nada más que captase nuestra atención. Nos mandó esperar mientras le entregaban los tickets, nos entregó a todo el grupo unas pegatinas del mismo color para identificarnos dentro y nos entregó los tickets dirigiéndonos a los controles de seguridad.
Una vez en el control nos pidieron nuestros documentos de identidad, o pasaportes, revisaron los bolsos y mochilas y nos dejaron entrar. En el momento que todo el grupo estaba junto, se acercó un chico que iba a ser nuestro guía y nos fue explicando un poco lo que íbamos a hacer a continuación.
Fuimos detrás suya mientras nos iba conduciendo por pasillos llenos de fotografías y nombres, era un momento muy respetuoso pero bastante tenso. No se escuchaba ni un susurro, ni el mínimo suspiro, era silencio puro, algo que hacía que se te pusieran los pelos de punta durante todo el recorrido. Parecía que la alegría salía de tu cuerpo dejando paso a la tristeza, el anhelo o simplemente a la confusión.
Y ahí nos encontrábamos nosotros, caminando paso a paso, observando lo que era e imaginando lo terrible que algún día fue, debatiéndonos en silencio como nuestros sentimientos actuarían una vez atravesada esa puerta que nos separaba invisiblemente de uno de los cementerios humanos más terribles de la historia.


Atravesamos las puertas sin separarnos uno del otro, escuchando tan solo las pisadas de todas las personas que estábamos ahí en ese momento, mientras mi mente solo quería no pensar en lo que ocurrió allí tantos años atrás, mientras intentaba no desmoronarme, porque si, soy una chica cancer con mucho carácter pero mucha sensibilidad, lo que puede ser mi mayor defecto. Logré mantenerme tranquila y sosegada, manteniéndome en la realidad y muy atenta a cada monólogo histórico que nos contaba nuestro guía, inmortalizando todo lo que podía tan absorta en lo que estaba viendo que a veces mis pensamientos nublaban todo, sin dejarme escuchar.
Ahí solo escuchábamos los pasos de la gente y la voz de los guías dando las explicaciones a sus grupos.
Cuando contamos lo que vimos y les enseñamos videos y fotografías a los nuestros se quedan atónitos, una sensación que entendemos. Ver vitrinas en salas enteras de las maletas con los nombres de cada uno de sus dueños, salas llenas de sus zapatos, los cuencos que les daban con su “ración” de comida, las gafas de vista que algunos de ellos utilizaban, el pelo de esas personas…


Algunos se preguntarán qué fue más duro de ver para ti? Los zapatos? El pelo?
El pelo sería la respuesta “fácil”, pero no, a mi personalmente lo que más me impactó, fue la vitrina llena con los zapatos de los niños y otra con sus ropas. Era consciente de que allí dentro hubo niños, pero nunca eres o te ves capacitado para imaginarte la cantidad de niños que hubo y murieron allí, por el simple hecho de no tener los estándares que querían.
Y ahí, en ese preciso momento algo en mí se quebró, las lágrimas amenazaron con salir e intenté controlarlo, pues no me gusta mostrar debilidad en público y mucho menos con gente desconocida. Hice hasta lo imposible por controlarlas, salí de la sala al final de todo el grupo mirando al suelo rota, sin saber si podría seguir ese recorrido.
Cada sala, cada barracón que aún quedaba en pie era desolador y aterrador.
Mientras pequeñas gotas de lluvia nos acompañaban, mojándonos y refrescando el ambiente, yo lograba disimular lo que me había pasado hacía un rato.
Entramos en las cárceles, porque si, dentro de lo que ya era una cárcel había más cárceles para las personas que ellos consideraban tenían mal comportamiento, o eran gente de alto tongo en escala social. El crematorio que casualmente estaba cerca.
Y llegamos al punto fuerte donde no podíamos entrar.

El bloque 10, el centro de experimentación pseudomédico nazi. Allí experimentaban principalmente con mujeres judías y gitanas para hacerlas de conejillo de Indias, realizando pruebas científicas crueles sin su consentimiento. Una cárcel total.
Una mezcla de sentimientos se arremolinaba en nosotros, repulsión, asco, dolor, tristeza, rabia… Sabemos la historia, pero estar dentro viéndola es otro tema, nadie te prepara para la maldad de las personas.


Y aquí fue donde todo terminó, la tan famosa historia de Anna Frank y su familia, donde su padre Otto Heinrich Frank fue el único sobreviviente de esa familia, el cual encontró el diario de su hija y decidio mostrarlo al mundo contando su historia.
Hoy en día todo sigue siendo desgarrador, desolador y lleno de miles de sentimientos.
Una vez terminado el recorrido poníamos punto y final en Auschwitz, para ir hacia el siguiente Birkenau.
Birkenau:

Y ahí estábamos nosotros, la entrada más llamativa en los libros de historia y la más famosa, el lugar por el que todos esos prisioneros de guerra entraban terminando en el mismo punto, el final de la vía, donde no había escapatoria.
No hacía falta más explicaciones, ya nos las habían dado todas, transportaban mediante vagones de madera a miles de personas y una vez dentro cerraban las puertas antes de bajarlas. Una vez te encontrabas ahí ya no había por donde huir, estabas perdido.
A pesar de tanta muerte, muchos de los que ahí se encontraron fueron liberados por los soviéticos, pero personalmente creo que mentalmente nunca volvieron a sentirse libres. Todo lo que ahí dentro vivieron, las torturas que pasaron, las muertes que vieron, sus compañeros de literas muriendo de enfermedades a su lado, la falta de una ración de comida digna…


Estas cosas dan más conciencia en la vida, sales de allí roto, destruido y valorando más la vida que tenemos hoy en día. Sabiendo que aún hay gente que discrimina por no ser iguales, por raza o religión, o por estándares políticos… siendo conscientes de que deberíamos ser más humanos y menos monstruos.
Te quedas con un montón de sentimientos encontrados, sin ninguna explicación para tanto dolor y daño.
El mundo de hoy en día es un “poco” mejor que antaño, pero sigue habiendo muchos “monstruos”, mucha gente que no respeta a los demás. Seamos mejores, sensibilicémonos con los demás, seamos carismáticos y atentos, pongámonos en el lugar del otro, seamos diferentes pero con bondad en el interior.
Mina de sal:

Nuestra siguiente parada eran las minas de sal, como la gente se ganaba la vida por allí.
Después de 1h30 libre para comer y ver un poco ese pueblito, fuimos al punto de entrada para reunirnos con el grupo y la guía.
Un espectáculo para la vista, con un ambiente emocional totalmente diferente a lo que habíamos pasado unas horas atrás.
Bajamos bajo tierra escuchando las historias y viendo las maravillas que había, tenían sus propias capillas, su propia manera de sobrevivir allí abajo. Les llegaba agua, y cultivaban comida dentro de sus posibilidades, algo que no entiendo ya que no entra ningún rayo de luz.


Después de dos horas recorriendo esa maravilla de lugar, fuimos de regreso al autobús para poner rumbo a la ciudad, y de ese modo dar por finalizada la excursión.
Sobre las 18:00 p.m llegamos a Cracovia y nos pusimos a pasear y visitar la ciudad, pues aún nos quedaba día por delante. Vimos las maravillas que tenía que ofrecernos, sus monumentos, sus mercadillos, sus palacios…



Paseamos durante horas, comimos algún helado y algún batido por el camino. Hasta que poco a poco iba cayendo la noche y decidimos ir q cenar, pues nos esperaba un rápido madrugón para coger nuestro vuelo madrugador. Pocas horas dormiríamos, pero merecería la pena.

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