El martes 30 de diciembre era nuestro último día en suelo escocés, a las 19:50 p.m cogíamos el vuelo dirección Madrid, para llegar a casa, por lo que decidimos no madrugar con el inconveniente de que a las 10:00 a.m teníamos que dejar la habitación del hotel.
Nos levantamos, nos preparamos y fuimos a hacer el check-out, pedimos que nos guardasen el equipaje para no andar cargando por todo Edimburgo con el. Salimos a desayunar y al terminar fuimos caminando al único sitio que nos quedó a medio visitar, Calton Hill, habíamos tenido que ir una mañana a coger el transporte para una excursión pero no nos habíamos parado a visitarlo a esas horas, por lo que era buen momento para hacerlo.


Las vistas desde la colina eran impresionantes, se podía observar a la perfección la ciudad con unos bonitos monumentos, o ruinas, a los lados.
Paramos, observamos el paisaje, nos sentamos a contemplarlo un buen rato, y nos pusimos en marcha para seguir haciendo tiempo. Nuestra siguiente parada fue el centro comercial, donde entré a comprar un café, después fuimos paseando por zonas que ya nos conocíamos, pues ya habíamos visto todo, pero no nos importaba volver a verlo.

Mientras paseábamos hacíamos las últimas fotos, deleitándonos con la belleza del lugar y el encanto de cada rincón.
Fuimos a comer un poco más tarde para después coger el autobús dirección al aeropuerto, allí esperamos a que fuera hora para abordar. Leímos, escuchamos música, vimos algún capítulo de anime y cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos en el avión camino a casa.
El viaje había sido increíble y entretenido, y aunque algo doloroso para mí, pues seguía con un moretón enorme que me dificultaba andar y sentarme, me había encantado poder pasar las navidades en Edimburgo. Una ciudad llena de encanto y acogedora por todos los costados.

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