El jueves 20 de marzo nos levantamos como siempre y vimos que el día no estaba muy católico, pues estaba lloviendo, no era mucho de momento pero llovía.
Nos preparamos y fuimos a buscar el desayuno mientras planeábamos que haríamos, porque el tiempo nos trastocó los planes.
Aprovechando los momentos en los que apenas llovía nos íbamos moviendo por Manhattan, como si no hubiese un mañana, entramos en catedrales, noviembre San Patricio.

Entramos en la tienda Lego, donde fuimos niños por unos momentos, ver las esculturas en tamaño gigante, de cosas que nos encanta era transportarse a la infancia y no salir de ahí.


La gente adulta nos miraba como bichos raros y nosotros no le dimos importancia, la culpa era suya no saber valorar las cosas ni tener aficiones.
Cuando salimos, volvía a estar lloviendo y aprovechamos a ir a tiendas, Puma, Adidas, Nike… mientras por el camino nos íbamos tomando con las famosas chimeneas a todo expulsar humo.

El tiempo era absurdo, tan pronto caía la del pulpo, como dejaba de llover, caían unas gotitas, paraba y después otro chaparrón que te empapaba entero. Por lo que el día de tiendas fue algo productivos, ya que a medida que llovía no se podía ir paseando hasta sabe dios donde y mojándose entero.
En puma nos encontramos con los monos de Ferrari de F1, un deporte que nos gusta y vemos, por lo que tener la ropa de la escudería delante nuestras era otro rollo.

Salimos de la tienda e intentamos pasear un poco para seguir buscando cosas que hacer en un día “lluvioso”, por lo que nuestra retirada al hotel sería temprana.
No dejábamos de suplicar que parase, pues a la noche teníamos una cita con un rascacielos y unas vistas de Nueva York nocturno.
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El Rockeller nos esperaba, una cita nocturna nos llamaba y que mejor forma de disfrutarla que sin lluvia.
Nos fuimos a dormir una siesta, o al menos intentarlo, mientras deseábamos que parase de llover al fin. Cuando después de horas salimos para cenar e ir al mirador, nos llevamos la sorpresa del siglo, no solo no había parado de llover, sino que estaba cayendo una tormenta del copon, con sus rayitos, su agua a chuzos…. Era horrible y aún no sabíamos que iba a pasar con nuestra visita al Rockerfeller.
Después de cenar fuimos siguiendo las indicaciones para llegar al mostrador del Rockerfeller, y allí una chica muy amable y muy atenta nos informó que en esas condiciones el recinto permanecía cerrado e impedían la subida, por lo que nos daban la opción de cambiar para el día siguiente; así lo hicimos, cambiamos nuestra cita y nos regresamos al hotel para terminar el día…
Estábamos agotados de tanta agua y tantas tiendas.

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