El sábado 28 de diciembre volvimos a levantarnos prontito, nos preparamos y fuimos a desayunar. Caminamos dirección a la estación de tren de Mestre para coger el tren que nos llevaría a Venecia.
A las 10:20 a.m estábamos en Venecia comenzando la ruta, fuimos por el puente más peligroso que existe, sobre todo en invierno, estaba lleno de sal para que no se congelase y aún así se resbalaba y hubo gente que calló.
Miles de puentes, cada uno diferente y cada cual llevaba a un punto distinto, los cruzábamos, paseábamos, retratábamos los lugares.

Caminando fuimos del otro lado del canal, calle a calle lo fuimos recorriendo todo, entramos en catedrales, iglesias, tiendas de arte, basílicas.

Nos sentamos en un bar, en una de tantas plazas a tomar un café y un zumo de naranja mientras alguien tocaba el acordeón, una canción que me resultó súper fácil identificar “Bella Ciao”. La armonía sonaba en nuestro oídos mientras tarareábamos disfrutando de nuestro momento de café.
Continuamos paseando recorriendo y visitando cada punto, cada milímetro de la ciudad, viendo la cultura, las construcciones, deleitándonos con cada momento y haciéndolos nuestros.

En cada zona, cada rinconcito había un punto de Góndolas, donde la gente aprovechaba y daba su viaje recorriendo los canales y escuchando las historias de Venecia.
El viernes habíamos entrado en la famosa basílica de San Marcos, algo que era precioso, por lo que cada Basílica en la que entrábamos intentábamos ver las diferencias y comparábamos en que se parecían.
Nos deleitábamos con los gondoleros cantando, la gente saludando a su paso… el tránsito en cada callejuela con la gente era demasiado abrumador, a veces no se lograba caminar tranquilo y se tardaba siglos en llegar al destino.

Aprovechamos a probar la pasta y las pizzas de los lugares, comparábamos que restaurante estaba mejor de calidad precio y allá íbamos. Si uno pedía pasta el otro pizza y compartíamos para probar de las dos cosas.

A lo largo del día hicimos nuestras compras, algo que tenía que venir con nosotros para casa era una marcara, las cuales vinieron dos y un antifaz que q mi me enamoró. Estaban tan bien hechas que costaba elegir entre cuales llevarse, pero si algo teníamos claro es que tenían que tener los cascabeles.
Seguimos caminado por los rincones, repetiendo destinos y enamorándonos de su belleza a cada paso y vuelta que dábamos.
Cenamos antes de irnos de regreso a Mestre y una vez terminamos fuimos a la estación a coger el tren. Una vez llegamos a Mestre nos fuimos al hotel a descansar y dar el día por terminado.

Deja un comentario